Yohali Reséndiz
Nos han enseñado a creer que el éxito debe alcanzarse lo más pronto posible.
Que si a los veinticinco no triunfaste, ya se te está haciendo tarde.
Hemos escuchado que a los treinta la mayoría de las metas ya deberían estar cumplidas y que, al llegar a los cuarenta, lo único que queda es administrar lo conseguido.
Entonces apareció Vozinha para demostrarnos que el tiempo no es el enemigo de los sueños. Quien los destruye es quien deja de perseguirlos.
Su nombre real es Josimar José Évora Dias. Nació en Mindelo, Cabo Verde, un pequeño archipiélago africano que pocas veces aparece en las grandes historias del fútbol. Creció al cuidado de sus abuelos y de ellos heredó el apodo con el que terminaría siendo conocido por el mundo: Vozinha.
Un deportista de alto rendimiento que, hasta hace unas semanas, defendía la portería de un club modesto de Portugal y que en el Mundial de 2026 encontró el escenario que había esperado durante toda su vida.
Aquellas atajadas hicieron que millones de personas aprendiéramos su nombre. Vozinha comenzó a aparecer en conversaciones de todo el planeta, compartiendo espacio con figuras como Messi, Cristiano Ronaldo, Mbappé o Neuer. No porque fuera la gran estrella del torneo, sino porque su historia representó mejor que ninguna la esencia del deporte: la de alguien que nunca dejó de creer en sí mismo. Y, finalmente, llegó la recompensa.
Hoy, a los 40 años, firmó con Colo Colo el mejor contrato de su carrera. Casualidad o destino, la fotografía que recorrió el mundo no fue una de sus atajadas, sino la de un hombre vestido de gala, con una pluma en la mano, firmando un contrato mientras rompía en llanto.
Muchos pensarán que lloró por el dinero o por el contrato. Yo creo que lloró por todo lo que ocurrió antes de ese momento.
Por los años en que nadie sabía quién era. Por los entrenamientos sin cámaras. Quizá por los viajes interminables. Por las oportunidades que nunca llegaron cuando parecía que ya era su momento. O, simplemente, por todas las veces que dudó, como duda cualquier ser humano que dedica su vida a un sueño que tarda demasiado en responder.
Todos vimos las lágrimas de la firma. Las otras no. Esas lágrimas nadie las fotografió.
Quedaron escondidas entre derrotas, sacrificios, silencios y días en los que probablemente solo él sabía cuánto costaba seguir creyendo. Fueron esas lágrimas las que lo acompañaron mucho antes de que un estadio coreara su nombre o un club histórico le abriera las puertas.
Porque vivimos en una sociedad que aplaude los resultados, pero pocas veces se pregunta cuánto dolor, cuánta paciencia y cuánta disciplina hubo detrás de ellos.
Quizá por eso la historia de Vozinha nos conmovió tanto. Porque no habla únicamente de fútbol. Habla de cualquiera que sigue construyendo un sueño mientras el mundo le repite que ya es demasiado tarde.
Por eso, las lágrimas que vimos al firmar con Colo Colo fueron las más fáciles de entender.
Las verdaderamente valiosas fueron las que nadie vio. Las que derramó cuando no había aplausos, cámaras ni contratos.
Porque fueron precisamente esas lágrimas las que, con el paso del tiempo, lo llevaron hasta ese escritorio… y lo convirtieron en el hombre que hoy es.

